Las consideraciones que siguen, aunque se apoyan en numerosas
observaciones y lecturas, no constituyen de momento más que hipótesis.
Imaginemos una decisión, por ejemplo, la de invertir en una máquina. Para
determinar esto, los responsables empiezan por seleccionar un cierto número
de soluciones posibles (sobre todo desde el punto de vista técnico). En
seguida, buscan definir las consecuencias previsibles de cada una de estas
soluciones (por ejemplo, la frecuencia de averías, la calidad de la producción,
etc.). Después harán una estimación cifrada de estas consecuencias (en
términos de costes de mano de obra, de materia, de mantenimiento, etc.).
Finalmente, después de haber actualizado esos diversos costes por medio de
una tasa supuestamente definida con independencia de esta inversión
particular, determinan cuál será la mejor solución.
El lector objetará que raramente se constata en la realidad la ejecución de un
procedimiento tan detallado y "racional": lo que vamos a deducir de esta
descripción esquemática será a fortiori cierto para procesos de decisión menos
"racionales". Cada etapa de estos procesos es la ocasión de una reducción que
transforma un problema teórico imposible de resolver prácticamente (pero que
la teoría clásica de la empresa resuelve sin dificultad) porque comporta una
infinidad de parámetros en un problema que encontrará concretamente una
solución. Es así como se examina en general una sola fracción de las
soluciones posibles, entre las consecuencias de éstas se eliminan aquellas que
parecen de segundo orden, o se decide que un cierto número de factores no
serán modificados. En la evaluación de las consecuencias, se tiende con la
mayor frecuencia a configuraciones ya experimentadas y se privilegian las
variables más fácilmente cuantificables. Por último, en el momento de la
elección final, se utilizan métodos de comparaciones y una tasa de
actualización sobre la cual, por cierto, se interrogan bastante poco. No se trata
de negar aquí que numerosos trabajos han mejorado estos procesos después
de varios años; no menos esos trabajos continúan inquietándonos sobre todo
por la manera de tratar "convenientemente" el conjunto finito de variables
retenidas y sin apenas cuestionar la selección de esas variables, que se dejan
a la total responsabilidad de los hombres del arte (es decir del terreno). El valor
de los nuevos modelos de decisión de las inversiones es tanto más grande
cuanto estos son más "comodines" y por tanto independientes de una
problemática particular.
Lo que es destacable en los procesos de decisión del tipo que hemos evocado,
es que la mayor parte de los agentes concernidos en la empresa pronto se
ponen de acuerdo sobre la selección de estas variables, pero no sobre su
valor. Desde que ellas existen, sociólogos de empresa y teóricos del
management se han interesado bastante por los conflictos inevitables entre
participantes a tales decisiones, puesto que ellos representan intereses
divergentes (el caso más clásico opone al financiero, que quiere stocks bajos,
el productor que quiere stocks tapón para gestionar sus series más fácilmente,
y el comercial que teme las roturas). Pero parece que muy poca gente está
interesada en el hecho de que si esos diferentes actores se atascan en el 5%
de los problemas, es porque en realidad están de acuerdo en los 95%
restantes, es decir la formulación del problema y la selección de las principales
variables. Esta indiferencia todavía se sostiene, sin duda, por los vínculos que
desde el principio han existido entre los teóricos y los medios industriales. En el
origen de este acuerdo entre los participantes, de lo que ellos a menudo no son
conscientes, hay el hecho de que comparten lo que se podría llamar el "sistema
de evidencia": si algunas soluciones son a priori rechazadas, es porque son
manifiestamente regresivas o, por el contrario, utópicas; si se estima que
algunas entre esas variables (en realidad la mayor parte) no serán concernidas
más que de una manera infinitesimal, he aquí cómo eso también es evidente.
Es sobre este corpus de evidencia común a diversos agentes de la empresa
(de hecho, sobre todo los cuadros cuando se trata de decisión) que
quisiéramos ahora interrogarnos.
Para que una tal investigación presente un interés, y sea también posible, hace
falta, por una parte, que en el caso de una empresa específica lo que nosotros
hemos llamado cultura presente propiedades de estabilidad, de continuidad y
de universalidad, y, por otra parte, lo que sería deseable es que se pudieran
desprender homologías estructurales o transformacionales entre los diferentes
sistemas o entre las clases de sistemas. Vamos pues a inclinarnos por la
significación de esos diferentes atributos de los sistemas culturales, pero
interesa recordar en primer lugar que estos son tales que los agentes no tienen
constancia de ellos: los valores y las evidencias que constituyen esos sistemas
se expresan a través de los agentes como si constituyeran una suerte de
inconsciente colectivo propio de la empresa.
Se puede concebir cada sistema como un producto de la historia pasada de la
empresa, que determina en parte su historia futura por medio de su influencia
sobre la adaptación al entorno. Una cultura particular está pues marcada por
factores como el tipo de tecnología o de mercado al cual la empresa es
confrontada, por su tamaño y por su organización interna. Igual como en
numerosos fenómenos sociales. Si examinamos esto en un momento dado,
obtendremos el producto organizado de una sedimentación de la historia
pasada. Podríamos pensar que ello resulta de una especie de aprendizaje
colectivo a través de los acontecimientos que han constituido ese pasado, pero
eso sería admitir que todos los miembros de la empresa tienen una relación
comparable con la cultura. Ahora bien, dada la variedad de posiciones
jerárquicas y de identidades sociales de los agentes, está claro que éstos están
más o menos habilitados para interpretar la significación de esos
acontecimientos y, por tanto, para hacerlos pasar del estado de hechos
"históricos" al de contribuciones a los valores culturales. Según el capital-saber
propio de cada agente, éste puede eximirse más o menos de los valores
culturales en vigor y por eso contribuir a transformarlos o a reforzarlos. En ese
sentido, la cultura es omnipresente en la empresa por el juego de la escala de
los comportamientos legítimos que ella impone a cada uno.
Todos hemos podido hacer esta experiencia: un tipo de discurso o de actitud
que puede manifestarse en una empresa, ya sea a nivel de los términos
elegidos ya sea de la lógica utilizada, será totalmente desplazada e
inconveniente en otra. No obstante, en el seno de una misma empresa, ciertos
agentes pueden permitirse tener iniciativas aparentemente desplazadas que,
en virtud de la autoridad personal de sus autores, contribuyen a definir las
normas de mañana. La cultura constituye, pues, un sistema ante el cual
inconscientemente cada agente debe situarse, pues es por relación a ese
sistema que sus comportamientos serán normalmente interpretados (en una
cierta medida independientemente de los resultados económicos). La eficacia
de estas características de la cultura reposa pues, tal como lo hemos
mencionado, sobre una interiorización de los valores que se efectúa a lo largo
de la socialización que el agente experimenta desde sus inicios en la empresa.
Es esta aculturación la que produce esa normalización de los comportamientos
que se observan a cada instante y que determinan una especie de código de
buena conducta que preserva de las incongruencias.
En ningún modo esto implica que una cultura sea un sistema cuajado, sino
sobre todo que ella evoluciona según ciertas reglas de continuidad y que, de
hecho, posee una inercia propia. Puede producirse -y daremos algunos
ejemplos en la parte siguiente- que valores -culturales en el sentido como lo
entendemos aquí- acaben por ser percibidos por ciertos agentes como
superados y conducentes a decisiones ineficaces. De hecho, a menudo los
agentes no perciben más que las manifestaciones concretas de los valores
culturales, es decir, por ejemplo, los principios organizacionales. Que los
agentes se acojan generalmente sobre todo a los síntomas de la cultura más
que a los valores reales que la componen explica que la demostración
económica (la más legítima) de la inadecuación a esos principios
organizacionales no siempre es seguida de efecto. Hemos sido así conducidos
a interpretar la política de mejora de las condiciones de trabajo llevada por
ciertas empresas como una iniciativa que mira esencialmente a los cuadros en
el objeto de transformar su representación de los obreros (valores culturales si
los hay). En efecto, un modo de organización del trabajo es indisociable de una
representación que se tiene de los operadores, de sus motivaciones, de sus
performances (esta representación, que no es científica en sí misma, puede ser
alimentada por trabajos con pretensión científica). No todos los tipos de
organización del trabajo son compatibles con una representación dada.
Por otra parte, la cultura presenta propiedades de homogeneidad y de
coherencia en razón precisamente de esta estructuración de los valores
culturales alrededor de esas "representaciones" de las que hemos puesto un
ejemplo. Entre los otros tipos de representación que podemos percibir sin
demasiada dificultad (a través de entrevistas) están las que conciernen a la
evolución de la empresa (y a la noción de progreso para la empresa). Esas
representaciones contribuyen largamente al proceso de reducción de los
problemas que hemos evocado, pues ellas garantizan que una parte de las
variables continuará sin cambios. Por ejemplo, si nos atenemos a una misma
representación del obrero, no hay razón para imaginar que habrá un
comportamiento diferente si se transforma una tal o cual manera de
producción; o bien, al contrario, en nombre de esta representación, podemos
predecir una evolución determinada de ese comportamiento. La coherencia del
sistema cultural no es necesariamente una coherencia lógica, en el sentido de
la no-contradicción de las consecuencias (por ejemplo, las decisiones); este
sistema es coherente porque a cada instante permite tomar decisiones ya que
no provoca conflictos en la empresa a propósito de la interpretación de ciertos
valores (o sobre todo de sus consecuencias traducidas en términos
organizacionales). En tales conflictos, externos a las personas, lo que está en
juego es la legitimidad diferencial de los agentes en la interpretación de los
valores culturales (o de sus consecuencias).
Evidentemente, los desarrollos precedentes no constituyen una definición de la
cultura de empresa. Simplemente intentan hacer sentir al lector las propiedades
que ella debe "lógicamente" poseer. Continuemos esta descripción muy
impresionista -la única que podemos facilitar de momento- con la exposición de
tres casos que muestran en qué la toma en cuenta de la cultura permite
interpretar ciertas situaciones y así contribuye a esclarecer la estructura y el
modo de acción.
Los tres casos que vamos a exponer reposan sobre un esquema idéntico: en un momento dado de la historia de la empresa, una solución -en ese caso un modelo organizacional concretado o no en instalaciones técnicas- aparece como evidentemente óptimo. Esta evidencia se basa, de hecho, en el valor particular que tomaban ciertas variables con una importancia insospechada. La evolución ulterior de éstas ha introducido un desfase que es traducido por la inadaptación creciente de la organización inicial.
Primer caso: Análisis del trabajo de representantes comerciales en una empresa de productos alimentarios1Cuando este problema nos fue confiado, los vendedores (así se designan los
representantes comerciales en esta empresa) organizaban sus viajes según
principios que habían sido perfectamente adaptados a una época en que las
visitas a los almacenes duraban todas el mismo tiempo y el trabajo no sufría
incertidumbres, es decir que era efectivamente realizado durante cada visita.
Estos principios estaban adaptados a una población de puntos de venta
prácticamente homogénea -por lo menos en tamaño: tiendas de comestibles y
"almacenes populares"- y a una definición específica del trabajo de los
vendedores: la toma de pedidos de los propietarios o gerentes de los
comercios, casi todos presentes. En algunos años, la distribución de los
productos alimentarios ha cambiado bastante; a la heterogeneidad de los
puntos de venta (de los ultramarinos al hipermercado) corresponde ahora una
multiplicidad de los tipos de acciones que se pueden llevar a cabo allí (toma de
pedidos, emplazamiento preferente de los productos en la gestión del lineal,
animación publicitaria, degustaciones, muestreos, etc.). Esta multiplicidad de
acciones hace que la realización efectiva del trabajo de los vendedores
depende ahora en general de muchos factores que con frecuencia escapan a
su control: por ejemplo, para un emplazamiento preferente hace falta una cita
que habrá sido fijada en la visita anterior, que el emplazamiento esté libre ese
día, que la mercancía haya llegado al punto de venta, etc. La duración del
trabajo y su realización efectiva han devenido ahora aleatorias.
En estas circunstancias, a falta de disponer de la información y de los medios
de tratarla, los vendedores realizaban viajes de largo kilometraje y el trazado de
las rutas revelaban a primera vista una ausencia de método. La simulación
manual de esos viajes ha permitido disipar rápidamente esta primera
impresión: disponiendo de la misma información y de cara a las mismas
incertidumbres que los vendedores, se llegaba a los mismos viajes. Se podía
concluir que, en las condiciones que ellos conocían, los vendedores tenían un
comportamiento relativamente óptimo. Estas condiciones se materializaban en
la organización misma de la "fuerza de ventas" (el conjunto de los vendedores y
su jerarquía), en particular en los procedimientos de difusión de la información.
Para modificar esta situación, hacía falta, por una parte, flexibilizar ciertos
condicionantes que pesaban sobre el trabajo de los vendedores y, por otra
parte, darles los medios técnicos de gestionar esa libertad obtenida por el
aligeramiento de las obligaciones. Esto nos ha conducido -a menudo
centralizando y sistematizando las sugerencias de los mismos vendedores- a
poner a punto efectivamente un método que les permita controlar la calidad de
sus viajes después de su elaboración y reaccionar de la manera más eficaz a
los imprevistos. Para eso ha habido que modificar, por una parte, los
procedimientos de difusión de la información y, por otra parte, la naturaleza de
las relaciones entre los vendedores y la jerarquía. En estas condiciones, hemos
podido obtener una disminución de la extensión de los viajes del orden del 15%
al 20%.
En una primera aproximación, este estudio puede parecer un simple estudio
organizacional; pero si nos referimos al cuadro de análisisevocado más arriba,
se puede dar una interpretación más profunda. Se revela en efecto que los
principios organizacionales implícitos que prevalecían cuando abordamos el
problema eran conformes a una representación tradicional de los vendedores
como corredores o tomadores de órdenes. Después de nuestro estudio, hemos
puesto en evidencia las capacidades organizacionales de los vendedores. Por
medio del método propuesto hemos contribuido -aún sin tomar plenamente
consciencia de ello- a hacer emerger una nueva representación, más completa
de los vendedores, como organizadores y como agentes de relaciones
públicas. Puede considerarse esta evolución como una mutación cultural que
concierne a un nivel bastante superficial de la cultura de empresa. Pero esta
transformación de la representación del vendedor puede también ser
considerada como el signo de una evolución que puede en el futuro afectar
más fundamentalmente a la empresa: la representación tradicional del
vendedor como tomador de órdenes era coherente con el desequilibrio
considerable -en términos de cifra de negocio y de capacidad de gestión, por
ejemplo- que existía entre la empresa productora y la mayor parte de los
detallistas. A la hora actual, las sociedades de supermercados pueden tratar en
pie de igualdad con las sociedades productoras; ellas están equipadas con
medios modernos de gestión y pueden pesar directamente sobre el mercado.
Esto tiene como primera consecuencia que una parte importante de los pedidos
no se hacen por medio de los vendedores, lo que corresponde a la evolución
de su definición. Pero más profundamente, las sociedades productoras,
acostumbradas a dominar un mercado atomizado en una relación no
mediatizada, ahora deben revisar completamente sus estrategias comerciales:
en una cierta medida, el control de la venta de sus productos se les escapa y la
noción de imagen de marca se modifica. Parece que en la hora actual -según
los contactos que hemos podido conservar con la empresa estudiada- las
implicaciones de esta evolución cultural, más esencial, justo empiezan a ser
percibidas, sin embargo, por simple lógica, ellas podían haber sido inferidas del
análisis del trabajo de los vendedores.
En el origen, cuando las cadenas de montaje fueron extendidas en la industria automotriz, los tipos de vehículos eran poco diversificados dentro de un modelo; los mercados de venta de coches eran a menudo nacionales y las legislaciones de cada país en lo que concernía a los equipamientos -en materia de seguridad, por ejemplo- inexistentes. Una de las consecuencias de esta situación era que en una cadena de montaje se sucedían efectivamente vehículos idénticos en todos los puntos. Los gestos que debían efectuar los agentes eran pues los mismos de un vehículo al otro, y los métodos de cálculo de los tiempos por descomposición de gestos voluntarios (MTM, por ejemplo) perfectamente adaptados. Este estado inicial ha evolucionado lentamente y las transformaciones no se hicieron sensibles hasta después de la guerra. Ha sido aparentemente el desarrollo de los mercados internacionales -cuya influencia se ejerce en la medida en que la mitad de la producción francesa es exportada-, que ha sido la fuente de las dificultades. En efecto, las legislaciones nacionales se han desarrollado primero en materia de seguridad, y después de contaminación. Estas razones, junto a otras consideraciones que conciernen a los hábitos de los consumidores de cada país, han contribuido a una multiplicación de los tipos de vehículos en cada modelo. Algunos modelos producidos en Francia conocían así más de ochocientos tipos o variedades. Esta evolución no afectó a todas las cadenas por igual: las que ensamblan los motores están menos afectadas que las que ensamblan las carrocerías o los vehículos. Para estas últimas, incluso cuando algunas variantes constituyen la casi totalidad de la producción de un modelo, las técnicas de cálculo de tiempos pierden bastante su sentido en la medida que cada agente debe reconocer la variante que llega a su puesto y adaptar sus gestos en consecuencia. Es pues la eficacia de las cadenas lo que se pone en cuestión desde un punto de vista técnico. (Falta distinguir esta puesta en cuestión de aquella que se ha desarrollado durante una docena de años y resulta de un análisis sociopolítico. Esta última podría constituir una tentativa de modificación de la cultura de un conjunto de empresas atacando directamente a un nivel profundo: la representación de los "ejecutantes"). Nosotros propusimos entonces un análisis de esos procesos que son de una naturaleza bien diferente. Hay algunas analogías entre este ejemplo y el anterior: es la evocación de ciertas características del mercado que cuestionan una forma de organización del trabajo que parece más adaptada. El valor cultural subyacente que se encuentra así puesto en duda concierne a la evidencia que comparten muchos agentes según la cual el desarrollo del volumen de la producción -que pasa por la conquista de mercados extranjeros- se debe acompañar de un crecimiento de la estandarización de la producción. Aquí, un nivel más esencial de la cultura se encuentra sacudido por contragolpe, a diferencia del caso precedente, este se traduce en un bloqueo manifiesto de los antiguos valores. Parece en efecto que, dadas las perturbaciones que crea en las cadenas la evolución del mercado que hemos descrito más arriba, éstas deberían resultar afectadas en su productividad y en sus otras performances bastante más de lo que lo son en concreto. Falta, pues, admitir lógicamente una facultad de adaptación, al nivel de los talleres (gestión local) y de los operadores, bien superior a aquella que le reconocía la representación del agente y de la cadena subyacente a ese modo de organización. En otras palabras, la organización rígida de la producción que ha prevalecido hasta aquí no es aparentemente viable todavía, porque los principios culturales sobre los que reposaba están totalmente superados.
Tercer caso: El interés económico de las técnicas de gestión universales en materia de stockEste tercer ejemplo concierne al método de gestión de stocks de la empresa
que hemos evocado a propósito de los viajes de los vendedores. Esta empresa
se ha desarrollado alrededor de algunos productos que han hecho -y todavía
hacen- su notoriedad, y eso añadiendo a ese nudo inicial otros problemas
debidos a la absorción de las empresas que los producían. Así la empresa se
ha encontrado progresivamente en situación de fabricar y comercializar más de
doscientas referencias muy heterogéneas, tanto desde el punto de vista de la
parte que cada uno ocupa en un mercado, como de su valor unitario o de su
volumen de cifra de negocios. Inicialmente, la gestión de los stocks de cada
uno de sus productos se hacía manualmente; el desarrollo de la empresa y la
aparición de los medios informáticos han llevado a automatizar la gestión de
los stocks.
Los responsables de esta empresa nos han propuesto examinar esta gestión,
pues estimaban que los niveles de stocks eran excesivos. Como todos saben,
la gestión de un stock de productos de gran consumo choca con una dificultad
específica: se ignora el comportamiento de los consumidores cuando el
producto falta en el lineal. La determinación de un nivel de stock es pues un
compromiso arriesgado entre, por una parte, un coste bastante bien conocido
que es el de la financiación del stock y, por otra parte, un coste desconocido
designado con el término púdico de ruptura. Más que intentar precisar este
coste, hemos procurado definir el riesgo de la ruptura y algunas de sus
consecuencias inmediatas para la empresa (falta de ganancias debido a las
pérdidas de ventas a los detallistas). Para evaluar este riesgo, ha habido que
tener en cuenta la variación del volumen de ventas propias de cada producto,
las prácticas de cada tipo de distribuidor en materia de pedidos, los
condicionantes de la producción (la estacionalidad de las fabricaciones propia
de ciertos productos alimentarios). De este análisis, ha surgido una
clasificación de los productos en tres categorías:
Contribución de la noción de cultura a la teoría de la empresa
Hemos mencionado al inicio de este texto que la noción de cultura tal como la
hemos introducido debía integrarse en una construcción más vasta pudiendo
constituir una teoría de la empresa. Tal como la ilustran los ejemplos que
acabamos de exponer, el sistema cultural permite dar cuenta del desfase que
puede introducirse entre el modelo económico racional de la empresa y la
realidad empírica observada. Ello contribuye así a la comprensión del
desarrollo de la organización en el tiempo. Si este concepto esclarece ciertos
resultados empíricos, nos parece que también autoriza ciertas críticas desde el
punto de vista de desarrollos teóricos que, si ellos ya no tienen la audiencia
que han tenido, sin embargo nunca han sido el objeto de una puesta profunda
en discusión de sus principios. Por otra parte, es lo propio de toda contribución
teórica precisar las otras tendencias del dominio con las cuales se revela
incompatible.
Examinaremos brevemente aquí un conjunto de trabajos que, por otra parte,
hemos calificado de "sustancialistas" en la medida que postulan la existencia
de una sustancia, de una esencia de la empresa en relación a la cual deben
interpretarse en última instancia los trabajos empíricos de los que es objeto.
Esta sustancia puede por otra parte ser diferente según la analogía de la cual
deriva: puede tratarse de una referencia a la termodinámica (los sistemas
abiertos de Katz y Kahn), a la biología (la concepción organicista que
encontramos en Lawrence y Lorsch o Thompson) o también la cibernética (en
los autores que se refieren a la "teoría general de sistemas" de von
Bertalanffy). Para la mayor parte de los autores de esta tendencia, lo que
asegura la unidad de los fenómenos cuya sede es la empresa -y en particular
su adaptación al entorno-, es esa sustancia que se manifiesta de múltiples
maneras. Es pues por relación a ella que deben interpretarse y articularse las
diferentes investigaciones, forzosamente parciales, que los estudiosos
efectúan sobre la empresa. Esta forma de posición teórica tiene bastantes
consecuencias importantes: en primer lugar, permite sostener una teoría del
desarrollo de la empresa según la cual ésta crece como organismo -por
diferenciación y por integración- dotándose de funciones más diferenciadas y
cuyos lazos con la unidad central son más complejos. En segundo lugar,
introduce la noción de desarrollo sano o patológico, según si hay adaptación
"normal" al entorno o no. Por último, desemboca en una suerte de selección
natural en materia de organización: las empresas que sobreviven son aquellas
sanas y adaptadas, las otras son eliminadas. Dicho de otro modo, partiendo de
un cierto número de datos sobre la empresa y su entorno: tamaño, tecnología,
mercado, etc., y dada la naturaleza de su desarrollo, ella debe pasar por fases
típicas que se traducen en términos de estructura, de organización interna, etc.
Lo más destacable es que esta hipótesis es bastante bien verificada por los
resultados empíricos, es decir, que es frecuente que empresas de tamaño
semejante en el seno de una misma rama industrial sean comparables en la
mayor parte de los otros puntos.
Partiendo de la hipótesis sociológica y "culturalista" que hemos evocado más
arriba, es posible avanzar otra explicación de estos resultados empíricos
incontestables, explicación que no necesita ningún recurso "metafísico" a la
"naturaleza" de la empresa.2
1978. Expondremos esta hipótesis a partir de un
ejemplo particular. Si consideramos en efecto la industria automotriz (por lo
menos hasta los años 1974-1975), se observa que todos los productores
conocían una organización del trabajo comparable traduciéndose por el
predominio de las cadenas de montaje. Estas se impusieron durante decenas
de años como la organización óptima, beneficiándose de una renta que habían
adquirido desde el principio, época en que ellas representaban sin duda un
progreso considerable. Esta organización ha sido cuestionada -en teoría pero
no en la práctica, salvo en raros casos- desde el principio de los años setenta.3 El debate entre las cadenas y las nuevas formas de organización que algunos
proponían sustituir, de hecho han sido cortadas por razones que no se
sostenían tanto en el dossier económico como a los pesos estructurales y
culturales propios de las empresas concernidas. Lo que importa subrayar para
nuestro propósito, no es la naturaleza de la respuesta a la cuestión de saber si
la cadena es todavía eficaz o no, sino el hecho de que esta cuestión no ha sido
examinada seriamente. Se puede pues legítimamente poner en duda la
hipótesis -avanzada por el tipo de teorías evocadas más arriba - que, un
sistema de organización es dominante porque presenta un cierto carácter
óptimo y se inscribe en el proceso de desarrollo normal del equilibrio entre la
empresa y su entorno. Otros casos extraídos de la industria cementera o la de
las telecomunicaciones espaciales permiten sacar conclusiones idénticas.
En relación con este ejemplo y las críticas que contiene, quisiéramos volver
sobre una hipótesis formulada más arriba: la correspondencia entre ciertos
modos de organización y una representación típica del agente ejecutor. Las
obras de Taylor muestran claramente la relación que él establece entre su
representación del obrero (alimentada por sus experiencias personales) y sus
principios de organización del trabajo que desembocan de hecho (aunque su
paternidad no es total) en la cadena. Esta representación común del obrero
puede, en una época dada, ser compartida por muchas empresas y
concretarse en organizaciones del trabajo diversas dadas las diferencias
concernientes a los productos fabricados, a la tecnología puesta en obra, etc.
Se puede pues avanzar que esta representación -que se sitúa sin duda en un
nivel profundo de la cultura- está envuelta en las evidencias más periféricas
(como lo óptimo de la cadena) que le están ligadas por exigencias de
compatibilidad. Esta representación puede, por otra parte, traducirse en
manifestaciones menos concretas que la organización material del trabajo, por
ejemplo el tipo de relaciones entre niveles jerárquicos, la escala de los salarios,
etc. Podemos pensar que es en el seno de estas representaciones centrales
donde se establece la coherencia entre las diversas manifestaciones de un
sistema cultural. Hay que destacar, para concluir, que la concepción
organicista de la empresa descrita más arriba a propósito de ciertas teorías
está con frecuencia presente en las palabras de los cuadros de las empresas;
ella es compatible con la representación del operador que es subyacente a las
cadenas de montaje, pues ella asigna a éste un comportamiento
rigurosamente determinado. El recurso a esquemas culturales presenta pues
un interés cierto para la comprensión de situaciones concretas en las
empresas (en razón de su inercia y de la coherencia de sus manifestaciones),
porque permiten así hacer progresar la elaboración teórica sin apelar a
hipótesis externas que vienen de la metafísica.
Conclusión: hacia un método
Aunque actualmente no es posible considerar, a falta de bases empíricas suficientes, una descripción más detallada de las características estructurales de las culturas de empresa, las consideraciones que preceden permiten avanzar algunas hipótesis metodológicas en cuanto a la manera de estudiarlas. Se pueden considerar a priori dos opciones: