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Un anuncio impreso se
capta -a veces inconscientemente- de un vistazo. En la fugacidad de ese
instante, la primera e irreductible función del anuncio es atraer
la atención sobre sí mismo. La segunda, desplazar esta
atención al producto. Y la tercera, fijar la asociación
marca-producto en la memoria del observador.
Si la primera función no
se da, el proceso no arranca y el anuncio fracasó. Pero si sólo se da la
primera, tampoco funciona y el anuncio igualmente fracasó.
El elemento de
enganche es decisivo. Lo que sucede es que, para capturar la
mirada del espectador distraído, el producto está en clara desventaja.
Raras veces es lo bastante seductor por sí mismo. El producto es un
objeto inerte. Y su anuncio no se conforma al rol de escaparate donde
aquél, simplemente, se exhibe. Por eso la moda necesita la pasarela. Y
la margarina, la familia. Los anuncios se llenan de gente para que
llenen de vida los productos.
La fuerza de enganche es
la clave de partida de la eficacia comunicativa del anuncio. Tan es así
que, muy a menudo, el factor de enganche compite con el producto, y lo
eclipsa. Lo elimina del campo de conciencia del espectador. Ya sé que no
descubro nada nuevo: todos recordamos algún anuncio, pero no siempre la
marca que anuncia... El aquí reproducido, del reloj Breil, me ha
incitado a volver sobre el tema.
Este mensaje es un buen
ejemplo de cómo el factor de enganche retiene la mirada del espectador y
la engulle como un agujero negro engulle la materia. La cosa es sutil,
como todo lo psicológico. La mirada de la chica sostiene la mirada del
espectador en un cara a cara intenso que hace que la marca/producto se
vea de soslayo, casi subliminalmente. Sin embargo, la distancia física
real que va del ojo de la modelo al producto es irrisoria:
en la página de la
revista, desde el eje de la pupila al eje de la esfera del reloj van 7
cms. solamente. Pero la distancia emocional, sensitiva, sensual,
hipnótica es abismal.
Sabemos bien que los ojos
miran a los ojos que los miran. El problema es que el producto no tiene
ojos. La inteligencia de la firma alemana Braun definió sus criterios
normativos en este punto sin ambigüedad: “Los modelos de los anuncios
nunca mirarán a la cámara, sino al producto”. Los rayos de la mirada de
la modelo deben conducir los ojos del espectador formando un triángulo
cuyo vértice converge en el producto. (Documento “Communication
Guidelines for Braun, cuaderno 1, publicado por el Departamento de
Comunicación de Braun AG, Kronenberg, para uso internacional”).
Realmente, no se trata de
un capricho ni de una intuición por parte de Braun. Todas las pruebas
realizadas al taquistoscopio demuestran que la atención visual, y los
recorridos de la mirada del observador sobre la imagen de un rostro que
le está mirando, se polarizan en esos ojos. Y todos los itinerarios de
la mirada del espectador sobre la superficie de la imagen vuelven una y
otra vez a esos ojos -fijos, impertinentes-, que son los puntos de
fijación en que la mirada permanece más tiempo cautiva. La fuerza de
unos ojos que te miran es uno de los dispositivos más poderosos de la
fascinación.
Lástima que la práctica
publicitaria no utilice este instrumento revelador de la conducta
visual, que es el taquistoscopio, antes de dar vía libre a los anuncios.
En España existía uno de estos aparatos (el único, que yo sepa), en la
Universidad de La Laguna, en Tenerife, pero hace tiempo que fue
retirado. Yo lo había utilizado para el análisis experimental de marcas
como las del Grupo Agbar, Adeslas o la Caja de Madrid. Y no creo que
exista en ninguna agencia de publicidad del mundo.
La disociación psicológica
entre la figura de enganche y el reloj Breil de nuestro anuncio se puede
comprobar cubriendo verticalmente una mitad del mismo. La mitad
izquierda no tiene poder de atracción para capturar la mirada. Incluso
el ángulo del brazo, que culmina en la uña, es un marco para el rostro,
y una flecha que conduce a los ojos de la modelo. Toda la fuerza de
enganche está en la mitad derecha del anuncio.
Si la dividimos ahora con
una cruz, es más que evidente en qué cuarto de la página se concentra
todo el interés. Pero no es un interés que se irradia hacia el reloj,
objeto del anuncio, sino que se retiene en esa mirada tenaz, y lo
engulle.
También se puede hacer una
prueba sencilla a falta de taquistoscopio. Observa el anuncio en un
espejo y verás como todo cambia.
En
conclusión, me abstendré de cualquier otra consideración sobre este
anuncio, por ejemplo, en términos de impacto, de recordación de marca, e
incluso de ventas. Aspectos que ignoro gustosamente. Mi campo es el de
la comunicación visual y la eficacia comunicativa. Un aspecto que acaso
debería interesar al publicitario, como a su cliente.

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